Tanto creyentes
como no creyentes, nadie duda de la existencia de esta dicotomía que
constituyen el Bien y el mal y que generan la bondad o maldad de nuestros
actos. Los no creyentes aceptan la existencia del Bien y el mal, como potencias
o energías opuestas, que a su juico son el resultado de extrañas fuerzas que
dominan al ser humano, dándole impulso a su actuación y que hasta el presente
no se ha llegado a saber cual es su origen. En el caso de los creyentes,
cualquiera que sea la religión que profesen, en ella siempre encontraremos la
existencia de esta antagónica dicotomía existente entre el Bien y el mal.
Por supuesto que en
las tres grandes religiones monoteístas, judaísmo, cristianismo e islamismo, se
acepta la existencia del Bien y del mal, como motores generadores de los actos
humanos. Pero si nos remontamos a la antigüedad u otras religiones o culturas,
también siempre encontraremos este principio de la existencia del Bien y del
mal, como conceptos fundamentales.
Para la doctrina
católica, esta dicotomía “Bien” o “mal” es sumamente importante pues sobre ella
se apoya consecuentemente la salvación o la condenación del alma humana. Por la
aceptación y ejercicio del Bien por amor a Dios, se obtiene la salvación; por
el ejercicio del mal, que en sí es la negación del Bien y la no aceptación del
amor de Dios se obtiene la condenación.
Pero para seguir adelante
hemos de contestarnos históricamente a la pregunta: ¿Qué es el Bien? Hay quien
entiende que es un concepto relativo, ya que lo que es bueno para uno puede ser
malo para otro. En la filosofía griega, Platón nos dice que el Bien es la idea
suprema y que el mal es la ignorancia. Sócrates, identificaba a la bondad con
la virtud moral y a ésta a su vez con el conocimiento. Sostenía que la virtud
era inherente al hombre que es virtuoso por naturaleza y los valores éticos son
constantes, y por lo tanto el mal es el resultado de la falta de conocimiento.
Y en la filosofía de Roma, Aristóteles consideraba una acción buena, aquella
que conduce al logro del bien del hombre o a su fin, por lo tanto, toda acción
que se oponga a ello será mala. Es importante observar, que en ambas filosofías
subyacía la idea de no considerar al mal, situado en un plano equivalente e
igualitario con el Bien.
Como sabemos San
Agustín en sus primeros pasos fue un maniqueo convencido. El maniqueísmo es una
doctrina esencialmente dualista, en la que el Bien y el mal se sitúan en un
mismo plano. Los maniqueos a semejanza de los gnósticos o de los mazdeistas,
más conocidos por zoroastrismo, por ser filósofo iraní Zoroastro el creador de
esta religión y filosofía, creían todos ellos, que había una eterna lucha entre
dos principios opuestos e irreductibles, el Bien y el mal y en consecuencia
consideraban, que el espíritu del hombre era de Dios mientras que el cuerpo del
hombre era del demonio. En la práctica, el maniqueísmo niega la responsabilidad
humana por los males cometidos porque cree que no son producto de la libre
voluntad del hombre sino del dominio del mal sobre nuestras vidas. En el fondo
del maniqueísmo, hay una identificación del Bien con Dios y el mal con el
demonio. Básicamente estas fueron las primeras ideas de San Agustín, que pasó
gran parte de su vida cuestionándose sobre la existencia del mal, hasta que
leyó a Platón y a San Pablo y se pudo convencer que el mal no existe, que no es
nada en sí, no tiene entidad propia ni ser, que el mal es simplemente la
ausencia del Bien, por lo que Bien y mal no se encuentran dualmente en un mismo
plano de valor y consideración.
Más tarde con
respecto a la existencia del mal, Santo Tomás de Aquino nos dice que Dios, al
crear el universo, no deseó la creación del mal ni de los males que este mundo
contiene, porque Dios no puede crear lo que se opone a su Bondad infinita.
Santo Tomás nos sigue diciendo que el mal no fue creado, el mal es una
privación de lo que en sí mismo, es bueno. El mal no tiene como el Bien una
existencia sustancial. No puede existir solo. Para su existencia, necesita de
la existencia ya establecida del Bien. Se trata simplemente de una imperfección
o de una perversión del Bien, de una negación del Bien.
Así como el Bien es
querido por el hombre, el mal como tal, no es querido por el hombre, porque el
objeto de la voluntad humana es necesariamente el Bien. El hombre cuando peca y
contraviene la voluntad de Dios, produce el mal, pero el hombre no ama el
mal, lo que busca es las consecuencias del mal, lo que quiere es el placer
sensible de un acto, que se supone malo, pero su fin no es hacer el mal. No hay
voluntad alguna que quiera el mal como tal. Royo Marín escribe: “Es imposible
que un agente racional oriente o dirija su acción voluntaria a conseguir un mal
precisamente en cuanto mal, ya que como demuestra la filosofía, el objeto
propio de la voluntad humana es el Bien”.
Pero en la búsqueda
del placer, para tratar de saciar esa sed inmensa de felicidad que el hombre
tiene, le lleva al hombre a pecar y peca porque dispone de libertad para
escoger entre el Bien y el mal. Para Santo Tomás, la libertad es un Bien,
porque hace que el hombre se parezca más a Dios. Él no quiso el pecado, pero lo
permitió en razón de un Bien mayor, que es la realidad de que el hombre sea
libre y pudiera amarlo y servirlo por su propia elección. No quiso el mal
físico por si mismo sino en provecho de la perfección del Universo.
En el libro del profeta
Jeremías podemos leer: “Entonces Yahvéh dijo así: Si te vuelves
porque yo te haga volver, estarás en mi presencia; y si sacas lo precioso de lo
vil, serás como mi boca. Que ellos se vuelvan a ti, y no tú a ellos” (Jr
15,19). Este versículo, lo interpreta San Alfonso María Ligorio diciendo: “Dice
el señor, que quien sabe apartar los precioso de lo vil es semejante a Dios que
sabe desechar el mal y escoger el Bien”. En otras palabras, diremos que dado
que nuestra perfección espiritual está directamente relacionada con la
imitación a Cristo, cuanto más busquemos el Bien y nos apartemos del mal, más
perfectos seremos. Dios, por una parte, tiende a comunicarse lo más posible con
el hombre. ¿Por qué? Porque Dios es el soberano Bien y la bondad es
esencialmente comunicativa; el Bien tiende naturalmente a expandirse y a
comunicar la riqueza que hay en Él. Dios quiere el Bien, porque Él es el Sumo
Bien, y no tiene más remedio que permitir el mal en el hombre, para así, no
quebrantar el regalo que nos hizo de nuestro libre albedrío. ¿Y por qué nos
regalo el libre albedrío y nos mantiene el regalo? Porque nosotros necesitamos
demostrar nuestro amor a Él marginando el mal y escogiendo el Bien, para así
merecer lo que nos espera. Estamos en medio de una prueba de amor, necesitamos
demostrar nuestro amor a Él. Sin libre albedrío careceríamos de méritos en
nuestras actuaciones. El demonio y el mal nos son necesarios porque ellos son
las escaleras que tenemos para subir el cielo.
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